
El olimpo del fantástico tiene un nuevo inquilino, y se llama Zack Snyder. Después de su toque de atención con la reimaginación del
Amanecer de los Muertos de Romero, y su fidedigna adaptación de la visión Milleriana de la batalla de las Termópilas en
300, Snyder se consagra ahora como uno de los autores más admirados, e incluso reverenciados, por parte de la nada despreciable legión de amantes del noveno arte en general, y de la obra magna de Alan Moore en particular. No nos engañemos, Snyder no es, ni de lejos, un director visionario. No ha llevado el cine a territorios inexplorados, ni ha revolucionado la forma de hacer películas. Es más que probable que su obra no sea nunca ni considerada a la hora de repasar la historia del cine. Pero este director tiene las ideas muy claras, unos principios bien fundamentados, un estilo que ya podemos calificar de propio, y unos cojones como dos balones medicinales. Después de asistir al visionado de ese auténtico paraíso visual y narrativo que es
Watchmen, a uno le queda la misma sensación que tras
300, pero aún más hiperbolizada. La sensación de que nos encontramos ante una obra valiente, arriesgada, contestataria contra el régimen casi dictatorial que gobierna Hollywood. Una protesta contra todos esos directivos y productores, junto con sus hordas de directores y guionistas sumisos, capaces de prostituir su capacidad creativa con tal de alcanzar su guinda del pastel. Christopher Nolan ya lo hizo hace apenas unos meses con su
Caballero Oscuro, dejando boquiabiertos a esa misma panda de directivos que debieron acabar reconociendo que un producto enfocado con seriedad y dirigido a un público específico podía ser tan rentable, e incluso mucho más, que todos esos
blockbusters producidos en masa y sin el menor atisbo de creatividad. El
Watchmen de Snyder no gozará, ni por asomo, de la excelente acogida de la obra cumbre de Nolan, pero el mero hecho de haberse llegado a realizar y estrenar en su (casi) absoluta plenitud ya supone una victoria histórica en la industria cinematográfica. Pírrica, probablemente, pero victoria al fin y al cabo.
Los logros del Watchmen cinematográfico comienzan desde la más temprana concepción del proyecto, con un Zack Snyder decidido a acometer una de las más fieles adaptaciones jamás realizadas, y un trabajo ejemplar de David Hayter y Alex Tse a la hora de trasladar la compleja e intricada historia narrada por Moore en más de 300 páginas a un libreto capaz de ser representado en pantalla. Tras ver la versión comercial de la cinta, uno no puede sino quitarse el sombrero ante tan encomiable labor, pues estos inexpertos guionistas han sabido captar a la perfección el eje central de la historia, e incluso el de los propios personajes en la mayoría de los casos, manteniéndose alejados de la absurda costumbre de añadir escenas nuevas más allá de las estrictamente necesarias para mantener la coherencia interna del nuevo producto. El mayor miedo que dominaba a los ya conocedores de esta historia era sin duda el que se maltratara a los personajes protagonistas, que se les suavizara para ganar el aprecio del espectador o que se sacrificara su desarrollo en pos de una historia con mayor ritmo. Aunque es cierto que no todos los personajes han sido tratados con el mismo mimo, podemos decir que, en general, todos han sido trasladados de forma más que correcta a la pantalla. De entre todos ellos, sobresale un Rorschach interpretado con absoluta maestría por el desconocido Jackie Earle Haley (en una interpretación comparada en ciertos círculos de público con el Jocker de Heath Ledger), que logra transmitir en todo momento esa contradictoria sensación de atracción/repulsión propia del personaje original. El Dr. Manhattan, respetada su integral desnudez, es protagonista de algunos de los momentos más brillantes de toda la obra, como su historia rememorada durante su exilio, mientras que los planos que comparte con Laurie, especialmente en Marte, son de una belleza estremecedora; el Comediante nos es presentado en su más pura conciencia americana, dejando al espectador la capacidad de juzgar por cuenta propia sus actos, mientras que Búho Nocturno sigue siendo el más cercano al héroe que todos tenemos (o teníamos hasta ahora) en mente. Por el contrario, Espectro de Seda, por falta de desarrollo, y especialmente Ozzymandias, en el que es el mayor error de cásting de todo el proyecto, y por la pérdida de importantes matices del personaje, haciéndolo mucho más sesgado, son los personajes que más han salido perdiendo en la adaptación cinematográfica.
Con un guión y unos personajes fieles a la fuente original, quedaba un escalón realmente difícil de subir: el montaje. ¿Cómo estructurar las mil y una historias que se deben contar para que quede un producto coherente y comprensible? ¿Es incluso posible? A tenor de lo visto, sí, es posible. Posible siempre y cuando se cuente con la disposición del espectador a entrelazar las diferentes piezas que se le van otorgando de forma aparentemente desordenada para armar el enorme rompecabezas que es Watchmen. Snyder opta, una vez más, por mantenerse fiel incluso al estilo narrativo de Moore, huyendo del montaje ordenado cronológicamente y aportando las ya mencionadas piezas del rompecabezas cada una en su debido momento, cuando la historia misma así lo solicita. Con una puesta en escena calcada a la presente en la novela gráfica, incluyendo escenografía y decorados, caracterización de los personajes, e incluso planificación por completo fundamentada en las viñetas (como ya se hizo primero en Sin City, y posteriormente en 300), la aportación artística más propia del director se deja ver casi únicamente en las escasas escenas de acción. Con un estilo incomprensiblemente denostado por gran parte de la crítica, Snyder rueda sus combates siempre a cierta distancia y nos la presenta luego en pantalla con continuas ralentizaciones que no nos hacen sino deleitarnos con las contundentes pero estilizadas coreografías, muy cercanas al cine de los hermanos Wachowski. La mano del director del Amanecer de los Muertos también se deja notar en la extrema violencia, totalmente explícita, presente en gran parte de la película, y que la alejan de nuevo del común de las superproducciones hollywoodienses.
En definitiva, nos encontramos ante un producto absolutamente ejemplar. Una obra que nos muestra que aún quedan en el mundo del cine equipos creativos con agallas, dispuestos a hacer lo que quieren y como quieren, sin la menor de las concisiones a la comercialidad. Una obra ciertamente no recomendable, pero sí recomendada, para todos los públicos. Todos deberían ver Watchmen. Los que un día cayeron hipnotizados por el oscuro magnetismo del cómic, permanecerán cerca de tres horas embelesados ante su obra maestra en movimiento. De los que se acerquen por primera vez a esta historia y estos personajes, una minoría quedará fascinada por esas seis visiones tan diferentes de cómo hacer del mundo un lugar mejor y buscando en ellas su propia respuesta, mientras que muchos otros no aceptarán lo que se les está intentando decir, puesto que no tienen el estómago ni el valor para aceptar la verdad: que los héroes no existen, ni nunca existieron.