
martes, 28 de abril de 2009
Déjame entrar (Låt den rätte komma in - Let the right one in)

jueves, 16 de abril de 2009
Señales del Futuro
Es reconfortante comprobar que un director de la talla de Alex Proyas, autor de dos de las mejores cintas de cine fantástico de los años noventa como son El Cuervo (1994) y Dark City (1998), sigue en buena forma después de tantos años. Tras una correcta adaptación de los relatos de Asimov en Yo, Robot, lamentablemente deslustrada por la irritante presencia de un insoportable Will Smith, el mayor handicap de esta su última película parecía recaer de nuevo en la elección de su protagonista, el irregular Nicolas Cage. Por fortuna, el sobrino de Coppola se mantiene comedido, alejado de sus recurrentes histrionismos, y permite que la película fluya de forma natural. Diez años después de Dark City, el director egipcio vuelve a regalarnos una historia inquietante, por momentos bordeando sutilmente los límites del terror, todo ello situado en una atmósfera por completo opresiva y oscura, en la que las sombras parecen ocultar los peores terrores humanos. La mezcla de géneros permitida por la temática argumental supone uno de los grandes aciertos de esta película, puesto que en todos ellos Proyas se muestra cómodo y poseedor de una enorme efectividad. Sin ser, aparentemente, una cinta de terror, no serán pocos los momentos en los que el espectador se sienta atemorizado, especialmente cuando entran en escena esos oscuros personajes, heraldos de la destrucción, que nos pueden recordar a los ocultos de Dark City, los hombres grises de Momo, e incluso los propios Nazgul de El Señor de los Anillos. Por otro lado, podría etiquetarse a Señales del Futuro como cine de catástrofes, y también en este aspecto la película supone un importante triunfo, aunque bien es cierto que la intensidad de las tres catástrofes va en descenso, en claro contraste con la magnitud del evento. Con una situación tan cinematográficamente jugosa como esa última catástrofe, que no desvelaremos aquí, uno esperaba un mayor despliegue visual, una mayor recreación, y lamentablemente todo se queda a medias tintas, con una serie de planos geniales e ilustrativos, sí, pero en cierta medida insuficientes. Sin embargo, donde Proyas muestra su endiablada maestría es en la secuencia del accidente de avión, rodada al completo en un soberbio y complicadísimo plano secuencia que comienza con la caída del avión, y que se prolonga varios minutos, sin el menor corte de plano, durante las tareas de rescate llevadas a cabo por Cage, mientras no deja de haber explosiones por entre los restos del avión, con gente corriendo en llamas por el campo desolado. Toda una lección de cine con mayúsculas. Entre catástrofe y catástrofe, y especialmente tras la segunda de ellas, la historia transcurre más lentamente de lo que seria deseable, notándose cierto estiramiento argumental innecesario. Sin embargo, en sus compases finales, la película retoma el buen pulso del comienzo y se nos brinda un final largo pero intenso y ciertamente emotivo. Una vez nos es revelada la última predicción, o profecía, asistimos a un último giro argumental en el que el director decide mantenerse únicamente como un narrador sin intención de interferir en la interpretación de los hechos por parte del espectador, lo cual algunos verán como una muestra de elegancia y otros como una falta de posicionamiento. En todo caso, a pesar de que una de las posibles interpretaciones parece bastante más obvia, ciertos detalles visuales no dejan de ser agarraderos para todos aquellos que prefieran buscarle otra explicación. En definitiva, Alex Proyas ha firmado una de las sorpresas de la temporada. Tras un argumento en apariencia ya exprimido en el cine se esconde un auténtico fresco apocalíptico, poblado por situaciones intensas e imágenes dantescas que nos recuerdan lo insignificantes que somos los seres humanos para un universo infinito en el que todo ya ha pasado, y volverá a pasar.jueves, 2 de abril de 2009
A ciegas (Blindness)

Esta reflexión sobre la condición humana, profunda e impactante en su versión homónima, llega al espectador de manera tamizada, con menos fuerza pero con igual impacto. Es difícil que al acabar de ver esta película cada uno no se pregunte de que pasta está formado el ser humano, capaz de soportar los mayores desagravios, vejaciones y humillaciones, y al mismo tiempo ofrecer una solidaridad y empatía inacabable. Mucha de la culpa de esta sensación final hay que agradecérsela al plantel de actores, encabezados por una fantástica Julianne Moore, que le dota de verosimilitud a cada escena nos identifica con la situación de unas personas normales que de repente se tienen que adaptar a una nueva condición personal en un mundo que ha suprimido cada una de las reglas morales establecidas en pos de la supervivencia de cada uno de sus habitantes.
Es destacable el trabajo de adaptación de una obra tan difícil y personal, con algunos apartados más discutibles como el abuso de los blancos y el exceso de luminosidad, que llegan a resultar incluso molestos, y la demasiado recurrente voz en off, recurso sobre explotado en el cine americano que apuesta por desmenuzarnos y entregarnos cada mensaje en una bandeja de plata, en vez de permitirnos masticarlo personalmente y sacar todo su jugo. Fernando Meirelles nos brinda una obra cerrada y sólida, pero falta de fuerza y profundidad, que tanto puede impactarnos en lo más recóndito de nuestra conciencia como dejarnos indiferentes al respecto, al gusto de la predisposición del consumidor. Ojalá hubiéramos podido ver la primera versión de la película, rechazada por su dureza y efecto en los espectadores y descubrir si es cierto que cada vez más queremos mantener a nuestras conciencias vírgenes de la realidad, posible, e incluso probable.
En resumen, se trata de una obra firme pero no redonda, que seguramente guste a los que no hayan leído el libro original y decepcione un poco a los que sí. Si se puede hacer una recomendación, id a ver antes la película y a continuación leed el libro, como en cualquier adaptación literaria podríamos decir.
miércoles, 1 de abril de 2009
El desafío: Frost contra Nixon

El desafío: Frost contra Nixon, es sin embargo una película entretenida, más allá de lo que pueda esperarse, tanto por la autoría del film, como por el tema tratado, para quien no esté muy interesado en saber quién era el segundo presidente norteamericano más abucheado después de George Bush. Debo reconocer que esta fue una de esas ocasiones en las que agradecí meterme en la sala con la incómoda incertidumbre de cómo iba a sobrellevar las dos siguientes horas. Fue una grata sorpresa, tanto en contenido como en forma la película superó con creces mis expectativas, infundadas, todo hay que decirlo, ya que el film cuenta con la presencia del siempre excelente secundario Frank Langella, y el no menos excelente Kevin Bacon. Por otro lado la película, y su director han sido nominados tanto en los premios Globos de Oro, como en los Oscar 2008.
La película se basa en un texto teatral, Ron Howard adapta la obra de Peter Morgan, que gira en torno a unas entrevistas que el periodista David Frost le hizo al presidente Nixon. Por tanto nos hallamos ante un film en el que priman los diálogos frente a la acción. Las entrevistas tuvieron lugar tras el mandato del presidente Nixon, que dimitió a causa del escándalo Watergate, y en ellas el ex presidente confió para poder retomar la carrera política perdida, ganándose a los televidentes, seguro de ganar el duelo ante las cámaras porque no veía en el periodista David Frost un inquisidor al que temer. El actor Michael Sheen hace bien su trabajo interpretando a Frost, pero la sombra interpuesta de Langella/Nixon hace que todos nos sintamos identificados con la propia pequeñez de quienes participan en la contienda televisiva, tan magnética es la caracterización del actor (ni tan sólo los más acérrimos detractores del ex presidente, en la ficción, pueden evitar darle la mano cuando por vez primera se topan cara a cara con él) Destaca la presencia de Kevin Bacon, en el papel de Jack Brennan, admirador incondicional del ex presidente, que lo sigue a todos lados, y que sufre por las consecuencias que se puedan derivar de tan incómodas e imprevistas confesiones televisivas. El actor Langella consigue que veamos al Nixon hombre, con sus mentiras y sus ambiciones, sus debilidades, más allá de la mera caricatura que nos llega a través de los medios. En la película Nixon se pregunta cómo alguien como él, que no es capaz de caer bien a la gente, fue capaz de embarcarse en la farándula política, donde la vida social es tan imperante. La vida está llena de contradicciones, desde luego, es la ambigüedad de la que nos habla la película, aunque no en lo fundamental, cuidado, porque Nixon hizo lo que hizo y a los hechos hay que remitirse; en esa ambigüedad radica la excelencia de una película que nos habla también de los retos y la voluntad, capaces de superar los más estrechos prejuicios clasistas de una sociedad que te impone desde niño qué puedes o no puedes hacer. Nixon llegó a presidente, y Frost, un periodista que, como muchos hoy en día, se acerca más a la figura del showman televisivo que a la del periodista verdadero, fue capaz finalmente de tomarse en serio la profesión y dar el todo por el todo de manera rigurosa, e inesperada.
No pienso que Ron Howard vaya a regalarnos muchas más películas como esta última, su sobriedad, a veces insulsez, denotan una evidente carencia de autoría fílmica, siempre a la sombra de su mentor Steven Spielberg. Esta vez Ron Howard ha tenido la buena fortuna de contar con un excelente libreto, que cualquiera sabe cómo ha ido a parar a sus manos, y por supuesto, unas interpretaciones sobresalientes.
jueves, 12 de marzo de 2009
Gran Torino

Clint Eastwood siempre ha tenido debilidad por los “personajes perdedores”, por aquellos olvidados a quienes no les importa un ápice triunfar, contraviniendo lo que nuestra sociedad pretende inculcarnos desde niños, y poder valer un duro. Sobre todo en la sociedad americana, que es despiadada con el asunto. No, los personajes que pueblan las historias de Eastwood pueden en todo caso moverse por la pasión, les lleve o no al reconocimiento general. El personaje de la nueva película de Eastwood pertenece a esta ralea de "perdedores", y es una vez más, inolvidable.
Eastwood es en mi opinión mejor director que actor, y como actor me resulta carismático, de presencia magnética y mítica. Durante un tiempo la dirección por la cual Eastwood condujo su carrera como actor y cineasta fue la de apostar por una violencia descreída, con atisbos de moralidad intachable, pero justiciera, y a veces fascistoide. Una senda algo peligrosa, limitada, aunque no siempre, y de la que debía salir de una vez, para poder matizar. Lo hizo magistralmente con Sin perdón, porque el director norteamericano tiene una sensibilidad más afinada aún que la puntería con que dispara a los villanos en cualquiera de los films del oeste o del justiciero Harry en que se ha visto involucrado, y también una sensibilidad ambigua. Matar a otra persona no es agradable, acabar con la vida de otro es un acto terrible, es algo tan elemental que debía quedar por fin constancia en alguno de sus films. Eastwood es el tipo duro por antonomasia en Hollywood, pero la sutileza de su razón y de su corazón van más allá de la simple contundencia de sus argumentos. Eastwood es un tipo duro, pero tiene corazón.
Gran Torino es una grandísima película, no es la obra maestra de Eastwood, no nos dejemos llevar por el entusiasmo, para mi la sublime Million Dollar Baby ocupa ese puesto, junto a Sin perdón. De nuevo el realizador de ceño fruncido hace alarde de sencillez, él nunca va a decantarse descaradamente por uno de sus personajes, no pretende manipular nuestras emociones de manera obvia, no hay un discurso o mensaje oculto en lo que nos cuenta. La historia nos conduce por derroteros inesperados, lo mismo que a Eastwood, que sólo intenta comprender por qué pasan esas cosas, y qué decisión tomarían sus creaciones ante las circunstancias que se les presentan. Las subtramas en los films de Eastwood aparecen y desaparecen sin un previo plan, pero concluyen todas, y finalmente dan sentido a un todo que palpita fuerza, humor, carisma, tristeza.
Parece ser que Eastwood ha colgado los guantes abandonando la actuación, que no la dirección. Ésta va a ser la última vez que podamos gozar del buen hacer de este emblemático tipo duro. La despedida le viene como anillo al dedo. El personaje que interpreta se llama Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea, jubilado que siempre ha trabajado en la Ford. El anciano es de armas tomar, ceñudo, antipático, agrio, poco respetado por quienes le rodean, que recelan de su mal humor. Kowalski está anclado en el pasado, y los tiempos han cambiado, él deberá decidir si adaptarse o no. Los nuevos vecinos son inmigrantes, pero parece ser que más allá de los prejuicios que asolan al viejo gruñón hay un enorme corazón. Es el Eastwod que permitió con Sin perdón y sobre todo con Los puentes de Madison que entreviéramos los recovecos de su inflexible actitud para con los villanos, o no tan villanos, y poder atisbar la luz que ocultaba. Es Eastwood en estado puro, pero matizado, más sabio que antes, aunque igual de grande.
La búsqueda de una familia ha sido un tema recurrente en la obra de Eastwood, lo mismo que la fe, el perdón y la redención por los pecados cometidos, por una violencia de la que ya no se enorgullece, Gran Torino reúne todos sus grandes temas. El director no nos vomita un rollo moral o intelectual para comunicarnos lo que siente. La historia fluye en esta película construída a base de talento con sublime sencillez, consiguiendo que nuestras emociones estén a flor de piel ante unos personajes que verdaderamente nos importan. Reímos, nos indignamos, y lloramos cuando las cosas pasan en estas apenas dos horas de metraje, algo ya muy poco común hoy en día. Un sentimiento de melancolía me atrapa cuando pienso en que Eastwood pertenece a una generación que ya no tardará más de diez años en abandonar la gran pantalla, sino menos.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Watchmen
El olimpo del fantástico tiene un nuevo inquilino, y se llama Zack Snyder. Después de su toque de atención con la reimaginación del Amanecer de los Muertos de Romero, y su fidedigna adaptación de la visión Milleriana de la batalla de las Termópilas en 300, Snyder se consagra ahora como uno de los autores más admirados, e incluso reverenciados, por parte de la nada despreciable legión de amantes del noveno arte en general, y de la obra magna de Alan Moore en particular. No nos engañemos, Snyder no es, ni de lejos, un director visionario. No ha llevado el cine a territorios inexplorados, ni ha revolucionado la forma de hacer películas. Es más que probable que su obra no sea nunca ni considerada a la hora de repasar la historia del cine. Pero este director tiene las ideas muy claras, unos principios bien fundamentados, un estilo que ya podemos calificar de propio, y unos cojones como dos balones medicinales. Después de asistir al visionado de ese auténtico paraíso visual y narrativo que es Watchmen, a uno le queda la misma sensación que tras 300, pero aún más hiperbolizada. La sensación de que nos encontramos ante una obra valiente, arriesgada, contestataria contra el régimen casi dictatorial que gobierna Hollywood. Una protesta contra todos esos directivos y productores, junto con sus hordas de directores y guionistas sumisos, capaces de prostituir su capacidad creativa con tal de alcanzar su guinda del pastel. Christopher Nolan ya lo hizo hace apenas unos meses con su Caballero Oscuro, dejando boquiabiertos a esa misma panda de directivos que debieron acabar reconociendo que un producto enfocado con seriedad y dirigido a un público específico podía ser tan rentable, e incluso mucho más, que todos esos blockbusters producidos en masa y sin el menor atisbo de creatividad. El Watchmen de Snyder no gozará, ni por asomo, de la excelente acogida de la obra cumbre de Nolan, pero el mero hecho de haberse llegado a realizar y estrenar en su (casi) absoluta plenitud ya supone una victoria histórica en la industria cinematográfica. Pírrica, probablemente, pero victoria al fin y al cabo.viernes, 6 de marzo de 2009
El lector
La película nos habla del holocausto judío, y de cómo la Alemania de la posguerra se enfrenta a la redención y al perdón por lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial, juzgando a los culpables, a unos pocos, aquellos que no fueron capaces de enfrentarse al orden establecido, cometiendo las más desdeñables atrocidades, aún bajo las órdenes de aquellos que con mayor jerarquía ordenaban y organizaban el exterminio. El juicio celebrado en Berlín contra antiguos criminales de guerra consigue lavar la cara de muchos que toleraron la ignominiosa actitud de los militares y mandatarios que gobernaron al país. La película viene a apuntar que la aceptación de la injusticia no es precisamente una virtud, pero aún peor, la ignorancia no la justifica. Hanna Smith es analfabeta, por eso quiere que le lean en voz alta, y tampoco parece comprender más allá del puro y elemental cumplimiento de las órdenes recibidas, en las que fue incapaz de ver mal alguno. En la tercera parte de la película acudimos al cadencioso tic tac del reloj que se apaga cuando Michael adulto es incapaz ya de tener una relación plena con una mujer. En cierta manera parece vacío ante los sucesos del pasado. El actor Ralph Fiennes interpreta al Michael Berg adulto con sobriedad, y con lánguida y veraz mirada, algo perdida cuando recuerda el pasado, creando un personaje dolorosamente vacío. El último tramo es el tramo carcelario en donde se expían las culpas. Sin embargo ninguno de los dos, ni Michael ni Hanna son capaces de olvidar el pasado, pero sobre todo, al menos en el caso de Michael, el pasado en los “Campos de exterminio”.
El lector es una excelente y fascinante película que sin embargo parece quedarse corta en algunos momentos, sin embargo, la ignorancia personificada en Hanna parece prevalecer sobre cualquier otra consideración. No he leído la novela, pero intuyo que la necesidad del perdón por parte de un pueblo avergonzado por su pasado está más presente que en el film de Stephen Daldry.
jueves, 5 de marzo de 2009
La teta asustada

La película no se deja adulterar con mecanismos comerciales, es llana y hermética, sobria, como Fausta, de mirada lánguida. Es una película incómoda en ocasiones, por desesperante, lenta como Fausta misma, que al son del “¡apúrate, apúrate!” parece moverse entre dos mundos, sin atreverse casi nunca a traspasar el suyo propio, el de la tradición, cuya metáfora sea tal vez la patata que lleva dentro de la vagina. Sí, así es, una patata, de la que parece no querer desprenderse, porque le tiene miedo a todo, no sólo al acoso masculino. La parquedad en el trazo narrativo de Claudia Llosa no consigue transmitirnos la carga emocional necesaria para poder comprender a Fausta, y por ello resulta insípida como película. Por ende a aquellos que nunca han estado en Perú les será más difícil entrever la magia que parece destilar por momentos, y que se mezcla con la realidad que envuelve a cada uno de los personajes que ríen, bailan, cantan, y callan en esta silenciosa historia que nos habla de la silenciosa Fausta, una muy digna Magali Solier .
miércoles, 4 de marzo de 2009
En el Nombre del Rey
¡Todo el mundo a cubierto! ¡Uwe Boll contraataca! Después de batirse en combates de boxeo con varios críticos de su obra y mientras espera que se alcance la cifra de 1.000.000 firmas para acabar con su carrera, el director alemán más odiado de la historia del cine sigue adelante con multitud de proyectos, rodando a un nada despreciable ritmo de 3 películas al año. Habitual adaptador de conocidas sagas de videojuegos a la gran pantalla, como es el caso de Alone in the Dark, House of the Dead o BloodRayne, Boll continúa en su línea y en este caso adapta el videojuego de rol Dungeon Siege, al menos con la decencia de apenas mencionarlo en el título de la película y librando así en cierta manera al pobre juego de la vergüenza que acompaña a toda obra de Uwe Boll.jueves, 26 de febrero de 2009
El luchador

